Antes y después de una tienda online: qué cambiamos y por qué
Rehicimos la tienda de Los Cuadritos de Uchi en Shopify. Pantalla por pantalla: qué estaba fallando, qué pusimos en su lugar y la razón detrás de cada decisión.
Rehicimos la tienda de Los Cuadritos de Uchi en Shopify. Pantalla por pantalla: qué estaba fallando, qué pusimos en su lugar y la razón detrás de cada decisión.
La tienda anterior de Los Cuadritos de Uchi perdía clientes en la primera pantalla. El encabezado ocupaba un tercio del espacio visible en computadora y la mitad en celular, las fotos del producto no se podían pasar y el banner principal no llevaba a ningún lado.
La rehicimos en Shopify alrededor de una idea: la tienda tiene que resolver sola todas las dudas que la persona tiene antes de comprar. Abajo está el detalle de cada cambio, y al final el video donde abro las dos versiones una al lado de la otra.
Los Cuadritos de Uchi vende kits para pintar por números: lienzo numerado, pinturas acrílicas, pinceles y guía. Es un producto que se entiende mejor viéndolo que leyéndolo, y ahí estaba el primer problema: la tienda anterior no dejaba verlo.
La versión anterior no estaba hecha en Shopify. Funcionaba, se vendía, pero cada pantalla pedía un esfuerzo extra al visitante. Ese esfuerzo es el que se paga en ventas perdidas.
El logo, los iconos de redes sociales y el carrito ocupaban casi un tercio del alto visible en una computadora de escritorio. En celular, la mitad.
Ese espacio —lo que la persona ve sin desplazarse— es el más caro de toda la tienda. Es donde se decide si se queda o se va. Dedicarlo al logo es gastarlo en información que al visitante no le resuelve nada: ya sabe en qué tienda está, porque acaba de hacer clic para entrar.
Esta es la prueba que vale la pena hacer hoy mismo con tu propia tienda: ábrela en el celular y mira la primera pantalla sin desplazarte.
En la tienda anterior, al entrar a una página de producto desde el celular se veía el logo ocupando la mitad de la pantalla y el aviso de cookies ocupando buena parte de lo que quedaba. El producto aparecía apenas, y sin nombre ni precio visibles.
Una persona que entra desde un anuncio o desde Instagram y no entiende qué está mirando en los primeros segundos, se va. Eso es rebote, y es caro.
El visor de imágenes mostraba las fotos cortadas y no permitía deslizarlas. En un producto decorativo, donde la decisión de compra es visual, no poder ver bien el producto es el final de la conversación.
El banner de la página de inicio decía “No necesitas tener experiencia previa”. Un buen mensaje. Pero al hacerle clic devolvía a la misma página de inicio.
Un banner principal tiene una sola función: generar el interés suficiente para que la persona se quede y dar el siguiente paso. Si no mueve a nadie a ningún lado, no está funcionando, por bonito que se vea.
Al entrar, sin desplazarse, la persona ve el nombre del producto, las medidas, el precio y cuatro iconos con lo esencial:
Debajo, en secciones desplegables en lugar de párrafos corridos: qué incluye el kit, para qué nivel es, y una garantía escrita en una línea —si el kit llega incompleto o dañado, se resuelve—. Nadie lee tres pantallas de texto en un celular; sí abre la sección que le interesa.
En la versión móvil, el botón de añadir al carrito deja de estar arriba conforme se desplaza y reaparece fijo en la parte inferior. Si alguien tiene que volver a subir para comprar, ya se perdió esa venta.
El carrito muestra cuánto falta para el envío gratis y propone accesorios concretos —caballete, set de pinceles, lámpara— en lugar de productos al azar. La persona completa el umbral porque le conviene, y se lleva algo que de verdad va a usar con el kit.
Esto no es subir precios: es aumentar el valor del pedido dándole al cliente razones reales para agregar una cosa más.
Inmediatamente después del banner aparecen los motivos para quedarse —kits completos, sin experiencia previa, compra segura— y enseguida las categorías, mostradas con imagen en lugar de una lista de texto.
Después, tres bloques que casi ninguna tienda pequeña tiene y que cambian la conversión:
Los videos en la página de inicio funcionan, con dos condiciones: que estén optimizados en peso y que carguen solo cuando la persona llega a esa sección, no al abrir la página. Un video mal puesto hace lenta la tienda entera, y una tienda lenta pierde ventas antes de mostrar nada.
El detalle que lo convierte en ventas: cada video enlaza al producto que aparece en él. Lo ves, te gusta, haces clic y estás en la ficha.
Para que alguien te compre, tu tienda tiene que ser capaz de resolver sola todas las dudas que esa persona tiene. Todas.
Lo que la tienda no contesta, lo terminas contestando tú por chat. Y cada duda que obliga a escribir por WhatsApp es una venta que depende de que alguien esté disponible para responder a tiempo.
Si quieres ver esa misma regla aplicada a otra tienda, ficha por ficha, está en cómo optimizar una tienda online.
Once minutos con las dos versiones abiertas, una al lado de la otra.
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Ábrela en el celular, con datos móviles, y mira la primera pantalla de una página de producto sin desplazarte. Si no ves el nombre, el precio y una foto clara del producto, ese es el problema.
Lo mínimo que permita navegar: logo pequeño, menú y carrito. Todo lo demás —redes sociales, avisos, banners decorativos— compite con el producto por el espacio más caro de la tienda.
Sí, cuando tratas datos personales de visitantes corresponde informarlo y pedir consentimiento. Lo que sí puedes decidir es cómo: un aviso discreto, que no tape el producto y que se cierre en un clic, en lugar de una barra que ocupa media pantalla.
No. Lo que importa es la experiencia de compra. Trabajamos sobre Shopify porque nos resuelve velocidad, checkout y catálogo sin pelearnos con la plataforma, y eso nos deja el tiempo para lo que mueve la aguja: cómo se ve y cómo se compra.
Depende del catálogo y de cuánta información haya que producir desde cero —fotos, textos, medidas, políticas de envío—. La parte de desarrollo rara vez es el cuello de botella.